La verdad acerca de nosotros mismos la descubrimos gracias al espejo de la relación. Las relaciones positivas lo son cuando nos aportan aprendizajes y nos dan la oportunidad de ir descubriéndonos a nosotros mismos. Enriquecen nuestras vidas porque están basadas en la reciprocidad, la tolerancia y el respeto.
Las relaciones son como un arte, se podría decir incluso que son el arte de vivir, pero ¿cuál es la base de una relación positiva? Sin duda, la base es el conocimiento propio y la relación que mantenemos con nosotros mismos. Acabamos relacionándonos con las personas a quienes estamos abiertos, bajo la influencia de cómo nos vemos y cómo nos tratamos.
Cuando coincidimos, tanto en nuestras relaciones de pareja, como en las amistades, con personas que nos hacen daño y nos perjudican, esto no es ninguna casualidad, ni es algo aleatorio. No hemos tenido mala fortuna. No te engañes, tú has tenido mucho que ver con ese tipo de relaciones y que sigan apareciendo es algo que tú de alguna manera estás provocando.
En vez de quejarnos y lamentarnos por cómo son los demás, tendríamos antes que echar un vistazo a nosotros mismos, y ver cómo nuestras relaciones son un reflejo de lo que somos. Siempre es más fácil y sencillo ver lo que hacen los demás que atender a lo que estamos ofreciendo y responsabilizarnos de cómo nos sentimos.
Existen unos pilares básicos para que generemos la posibilidad de mantener relaciones positivas con las personas que nos rodean. En primer lugar, tenemos que desprendernos de la idea que consiste en quien bien te quiere te hará sufrir. Las relaciones que están basadas en el amor y el cuidado no tienen nada que ver con el sufrimiento.
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El apego es la necesidad que tenemos de estar con la otra persona. Cuando esa necesidad se vuelve dependiente, ya no estamos con la otra persona por elección propia, sino porque entendemos que el ser con el que nos relacionamos está ahí para satisfacernos, atendernos y resolver nuestras carencias. Un apego lo suficientemente sano supone reciprocidad y una vinculación enriquecedora para ambas personas, sin exigencias que cohíben la libertad.
Para que se desarrolle la empatía en una relación positiva, hemos de tener una escucha atenta acerca de lo que nos provocan las palabras, los comportamientos y las actitudes de las otras personas. Se trata de entender por qué nos sentimos como nos sentimos, para así poder acompañar a la otra persona. Al vincularnos a través de la empatía, nos volvemos más compasivos y evitamos, en cierto modo, los juicios con los que emitimos sentencias injustas. Relacionarnos sin empatía nos aleja de la esencia de otras personas y no nos permite valorarlas.
Nuestros valores y el potencial del cual disponemos para amar son algo que vamos desarrollando a lo largo de nuestra existencia. Exigimos que las demás personas se muestren ante nosotros con respeto e, incluso, demandamos amor, pero ¿atendemos a lo que estamos dando y ofreciendo en nuestras relaciones? Pedimos, exigimos y nos lamentamos, cuando lo verdaderamente importante es aprender a ofrecer y dar, sin condiciones ni trueques.
La psicología positiva, que está en relación con el estudio científico de las experiencias positivas, tiene mucho que decir sobre nuestra forma de vincularnos. Puesto que su desarrollo consiste en mejorar nuestra calidad de vida. Una gran parte de nuestra salud física y mental está influida por las relaciones que mantenemos.
Seligman y Csikszentmihalyi (2000) fueron quienes definieron la psicología positiva y comenzaron con su desarrollo, dándole un sentido más objetivo a través de la ciencia. Entre sus aportaciones destacan potenciar las fortalezas y virtudes humanas. Componentes esenciales para que, ante todo, nos relacionemos mejor con quienes somos y, en consecuencia, mantengamos relaciones más agradables y enriquecedoras con quienes nos rodean.
La psicología positiva nos muestra la importancia de generar relaciones profundas e íntimas con los demás. Siendo la empatía, la generosidad y la amabilidad ingredientes fundamentales. Componentes que nos ayudan a actuar en beneficio de los demás, ejercitando así nuestra inteligencia social. Esto contribuye a nuestro desarrollo personal y a emprender un recorrido que nos lleve hacia el conocimiento de nosotros mismos.