El Amaranto es cultivado por el hombre desde la Antigüedad. Sus orígenes se remontan a la cultura precolombina en Sudamérica, y desde entonces ha sido considerado como un alimento con poderes excepcionales. Posee un grandísimo valor nutricional al que hay que añadir una fácil digestión, por todo ello, el amaranto se convirtió para los aztecas, mayas e incas en un manantial de proteínas dentro de su alimentación y lo honraban por ser la fuente de su “poder”.
El amaranto es un grano amarillento más fino que el arroz, crujiente y su textura nos recuerda a la del cuscús. Podemos cocinarlo fácilmente en la sartén, como cualquier otro cereal, en sopa e incluso hervido. Lo que lo diferencia de los demás es su alto volumen en proteínas (16%) y que no contiene gluten. Además, el amaranto es rico en aminoácidos, especialmente, metionina y lisina, un aminoácido que no encontramos en el resto de cereales y que fortalece nuestros huesos. También es rico en fibra, vitaminas A y C, silicio y magnesio, minerales imprescindibles para fijar el calcio en los huesos. Posee un contenido bajo en grasa (9%) y una gran cantidad de hierro y zinc. Estos nutrientes son ideales para mujeres, vegetarianos y deportistas con alto nivel de entrenamiento.
El Amaranto, un alimento milenario