Autor: Abraham G.
Adaptación: Amiklea Munna
HOMENAJE
Alexa
El director se puso frente al micrófono, generando una extraña estática que resonó por toda la escuela. Empezó a hablar con su voz de locutor de radio.
Las cosas que han ocurrido en nuestra comunidad son verdaderamente lamentables y nos recuerdan que en este mundo somos efímeros. Tal y como lo dice la gente: no somos nada. La vida puede darnos sorpresas tanto buenas, como trágicas. Y hoy le hacemos tributo a un miembro de nuestra comunidad estudiantil que se ha ido; pero que siempre estará en nuestras memorias; los pasillos nos recordarán todos los momentos que pasamos junto a él… el director trataba de ser condescendiente. Giré la vista hacia mis compañeros y me di cuenta del aburrimiento impreso en sus rostros.
Sí, los discursos de los maestros en las escuelas suelen ser de lo más aburridos posibles. Yo ni siquiera le ponía atención a sus palabras; me limité a observar el esmalte granate de mis uñas que estaba desapareciendo desde las puntas. Alguien a mi lado susurró un cállate ya justo antes de que el director nos diera libertad de salir al receso.
Al lado de la dirección se había puesto una vieja mesa con la fotografía de Diego; frente a ella había varias velas encendidas y unas cuantas flores; también había letreros y cartas de despedida. Caterina tiró de mí hacia allá cargando una rosa blanca entre sus manos.
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¡Qué payasa! le dije . ¿Por qué diablos vas a dejarle una rosa a ese imbécil?
Oye… a mí me caía bien. comentó ella dejando la rosa blanca sobre la mesa. Admiré la foto de Diego: siempre con su mirada y su sonrisa arrogante.
Te confieso algo… le susurré muy cerca de su oído. ¡Qué bien que se mató!
Caterina me dirigió una mirada amenazante y torció los ojos.
No digas eso, Alexa. El día de la fiesta en tu casa andaba muy pegadito de ti. ¿O ya te has olvidado? atacó.
Estaba demasiado ebria y no podía pensar con claridad. En ese momento él también estaba demasiado borracho como para mirar a alguien que no fuese yo… moví mis caderas con coquetería.
Para serte sincera, quizá yo era la única chica de todo Villa Dorada a quien Diego nunca logró tener en su cama. Yo no quería acostarme con un patán (a diferencia de Caterina), porque sinceramente eso era lo único que él quería.
Caminamos hasta los baños de chicas; cuando llegamos me detuve frente al espejo y moví mi rojizo cabello sobre los hombros. Del bolsillo saqué un pintalabios oscuro mate y empecé a pitarme los labios. Le lancé besos a mi reflejo; un par de chicas entraron al baño y me observaron con cierta burla. Les lancé una mirada asesina y agacharon sus rostros.
Fui hasta mi galería y de casualidad la primera carpeta que se abrió fue la de Messenger de Facebook.
Allí miré las fotos que pensé que había borrado tiempo atrás. No solo estaban los tontos memes que me compartían mis amigos y las fotos de santos y oraciones que me mandaban mis tías; sino que también estaban las fotos de Diego...
Ahora te voy a contar un secreto: esas fotos eran muy comprometedoras; en ellas se podía ver a Diego como Dios lo trajo al mundo.
Recuerdo que me las mandó aproximadamente un mes antes de su muerte. Justo en la etapa en la que él pensaba que yo caería fácilmente entre sus brazos. Atesoré esas fotos y no te voy a negar que me excitaron; pero no era para tanto. Conocía a un par de chicas que morirían por verlas; como Caterina, o esa tonta de Ximena que se vanagloriaba de haberle dado la virginidad a Diego... ¡Pobre estúpida! Si supiera lo que él decía de ella.
Ya sé lo que estás pensando: ¿Si vi a Diego desnudo, por qué no acepté tener relaciones con él? Sencillo: no quería acostarme con media comunidad estudiantil. Ya sabes lo que dicen: cuando tienes relaciones con alguien, no sólo lo haces con esa persona sino con todas con las que ha estado... y a decir verdad, hay chicos más guapos en el pueblo y fuera de él. Sí, Diego lo era, pero no era el único...
Después de colocar mi nueva foto de perfil en Facebook, salí junto con Caterina a las canchas de futbol para ver el partido que disputaba el equipo de mi bachillerato contra el de otro. Caterina se mostraba distante, con la mirada perdida en algún punto deconocido.
No soy una mala amiga, aunque lo parezca. Y la verdad me sentí en ese momento un poco triste por lo que estaba viviendo Caterina; Diego era su amor platónico, pero nunca le enfadó que él estuviera insistiéndome durante casi un año.
El árbitro dio un pitido que marcó el fin del partido. Me puse en pie y tiré de la mano a Caterina; la mirada morbosa de algunos chicos se paseó sobre mí.
Entonces nos alejamos de las canchas y trasladé a Caterina hasta las escaleras que ascendían a los pisos superiores del edificio H.