Como parte del proceso de planificación estratégica, el establecimiento de los objetivos de una organización es un tema de capital importancia.
De hecho, el segundo de los hábitos indicados por Stephen Covey, autor de "Los 7 hábitos de la gente altamente efectiva", es "Empiece con un fin en mente".
Los objetivos de una empresa son metas que se utilizan para evaluar su propio rendimiento, el de sus equipos y el de su talento humano durante un periodo de tiempo.
Los objetivos de una empresa son muy variados pero los podemos clasificar en dos tipos.
En pocas palabras el objetivo general de una empresa es la meta general de la misma, a donde se quiere llegar. El objetivo general responde el "para qué" de la existencia de la empresa.
Los objetivos específicos, en cambio, son aquellos que se asocian a temas más concretos y están enmarcados dentro de la planificación estratégica de la empresa. Los objetivos específicos responden al "cómo" lograr el objetivo general.
El primer paso de toda planificación de objetivos es conocer la situación actual, analizar en donde se encuentra la organización en este instante, con cuales recursos cuenta, listado de clientes, ingresos y egresos, etc. En fin, tener un diagnóstico preciso de todo lo concerniente a la organización.
Existen varias herramientas y metodologías que se puede emplear para conocer la situación actual de una organización, como el análisis DAFO (también conocido como DOFA, FODA o SWOT), el análisis CAME y el análisis PESTEL.
Ya conociendo la situación actual de la empresa y sus necesidades podemos pasar a la definición del objetivo general y los objetivos específicos. Para ello podemos hacer uso de los criterios SMART, acrónimo en inglés cuya autoría se le atribuye al autor George T. Doran quien lo publicó en noviembre de 1981 en su artículo "Theres a S.M.A.R.T. way to write managements goals and objectives".
Según la definición original de los criterio SMART, los objetivos debe ser específicos, medibles, asignables, realistas, y acotados en el tiempo.
En este punto, y con los objetivos ya definidos, se hace indispensable definir las estrategias, las acciones concretas a tomar y la asignación eficiente de los recursos humanos y financieros necesarios para alcanzar dichos objetivos.
La ejecución del plan estratégico que permita alcanzar los objetivos planteados en las etapas anteriores requiere que se delegue responsabilidades y se asignen las tareas que permitan cumplir de forma eficiente y efectiva con los hitos especificados en el plan.
Uno de los criterios SMART para la definición de objetivos hace referencia a que los mismos deben ser medibles.
La medición del grado de cumplimiento de los objetivos permitirá conocer que tán exitosas han sido tanto la planificación realizada como las estrategias empleadas para llevarlas a la práctica.
Del análisis de estas mediciones saldrán las decisiones que permitiran realizar los ajustes adecuados para adaptar los planes a la realidad.
Para efectuar la medición de objetivos hacemos uso de indicadores de gestión, también llamados métricas o KPI por las siglas en inglés de Key Performance Indicators.
Los KPI son datos, valores medibles que representan el comportamiento y desempeño de las actividades relaccionadas a un objetivo empresarial. Los mismos deben reflejar datos precisos y fiables, sin ambigüedades, para poder realizar un análisis correcto de la situación actual.
En este punto es importante resaltar que las mediciones pueden apuntar tanto a medir el avance de las estrategias previamente planificadas como a medir los resultados que se desean obtener. Como sea, la medición de indicadores de gestión es un proceso que consume recursos y debe ser incluido desde el inicio en la planificación estrategica.
La planificación de objetivos generales y específicos de una empresa es la primera acción a realizar para avanzar en la dirección correcta y debe estar acompañada constantemente de un monitoreo de su cumplimiento. Alcanzar las metas y objetivos establecidos es sinónimo de productividad y eficiencia empresarial.
Por Alan Salazar