Cierta vez, en una época en la que yo era estudiante en Sevilla y compartía piso con unas amigas, comentábamos y hablábamos de los platos que nuestras madres elaboraban, sus trucos, cuáles eran los más tradicionales de cada casa... En un momento de la conversación, una de las chicas que en la reunión se encontraba, nos dijo que su madre cocinaba el mejor arroz con marisco que existía. Ese arroz en cuestión llevaba las mejores gambas blancas de Huelva, bogabante, cigalas, fumet de rape y marisco, almejas... La escuchábamos atentamente relatar todo ese listín de manjares del mar, cuando otra chica contestó: "Pues sería hasta delito que con todos esos ingredientes a tu madre no le saliera bien el arroz. Mérito tiene la mía, que con unas gambas arroceras, arroz y unas verduras nos hace un plato para chuparse los dedos".
Nunca he escuchado algo más cierto, lo he recordado muchas veces y es verdad. La mejor cocinera o cocinero, es el que con muy poco lleva un manjar a la mesa, para el disfrute de la familia, dando calidad, platos cocinados con mucho mimo y con sabor a hogar; los que se recuerdan toda la vida. Los mejores cocineros son los que saben aprovechar todo lo que queda y lo que hay en la cocina, ya sean esos restos de comida ya elaborada o esos pocos ingredientes que conservamos en la despensa o en el frigorífico. Restos siempre bien combinados y en perfectas condiciones conservados.
Así me lo enseñó mi madre, de esa manera lo hago yo y fruto de esos reciclajes es esta sencilla tortilla de pasta que pasó a ser un clásico de su cocina. Siempre que hacía pasta con tomate, sabíamos que en los días posteriores tendríamos delante su ya famosa "tortilla de pasta", elaborada con el resto que había quedado y a la que añadía otras verduras.
Cuando te sobre pasta, piensa en esta tortilla, la de mi casa que hemos disfrutado durante tantos años.





